Por Luis Casado
Los que saben le llaman a esto la “vulgarización”. Eso de explicarle al personal el par de trucos gracias a los cuales el atorrante nunca sale de perdedores. Servidor escribe sobre Economía con ese fin, sabiendo que hay pocas corporaciones tan ignorantes de su propia ciencia como la de los economistas. Digo ciencia porque hoy amanecí generoso: junto a la profesión de la Cartomancia los economistas monopolizan el discutible oficio de las predicciones, las profecías y los vaticinios.
Repito una vez más lo que establecieron los fundadores de la Economía allá por el siglo XVIII: el principal objeto de la Economía consiste en la distribución de la riqueza creada con el laburo de todo un pueblo. Esto tiene eminentes consecuencias que paso a referirte sine mora.
Desde tiempos inmemoriales el ser humano –agrupado en familias, tribus, naciones– busca producir lo necesario para su subsistencia, o sea la subsistencia de todos los integrantes de la familia, tribu o nación. Todos comen. Todos se visten. Todos necesitan una ruca, tipi (del dakota thipi: habitación), gruta, choza, casucha, chabola, bohío, barraca o chamizo.
De ahí que la Economía, si la entendemos como la producción de lo necesario para vivir, concierne a todo el personal.
Otra cosa ocurre con la producción en nuestra incomparable modernidad, en la que la disponibilidad de bugas Ferrari Testarrosa, o en su defecto Lamborghini Aventador, Jaguar XJ50 o Porsche Carrera le concierne sólo a una parte muy reducida de la sociedad, ese minúsculo segmento que constituye el mercado solvente para ese tipo de producto.
El resto debe desplazarse en micro, guagua, autobús, colectivo, o en estricto rigor en scooters o a golpe de calcetín. ¿Te queda claro?
Las estructuras económicas a las que les importa un cuesco la educación de los pringaos, la salud de los miserables, la vivienda de los proletarios, el condumio de los muertos de hambre, en una palabra el bienestar del personal, no necesitan producir masivamente ninguno de tales servicios.
A esas economías les basta con generar lo requerido por el llamado “barrio alto”, y un resto para una especie dispensable, desechable e intercambiable que, –gracias a un ocurrente invento que consiste en consumir ahora y pagar después llamado crédito–, accede al consumo de lo que le conviene a los dueños de la manija.
A guisa de ejemplo, los miles de sobrevivientes de la toma de terreno del cerro Centinela –San Antonio, Chile– comunidad que enfrenta el desalojo más grande de la historia reciente del protopaís sudamericano, no existen, no forman parte del mercado, ni de las previsiones de inversión ni de crecimiento de ningún gerente comercial.
Los propietarios del cerro Centinela (la propiedad de la tierra, cuyos principios fueron inaugurados a la llegada de Pedro de Valdivia en el año de gracia de 1540, fue la novedad del año en esa época) forman parte, ellos, del mercado solvente, existen, tienen derechos y exigen su respeto como se debe.
A los pobladores, ausentes del mercado solvente, les pueden dar morcilla: para ellos y sus familias no hace falta ni Educación, ni Salud, ni viviendas, ni miam-miam. Viven como los organismos hidrófilos: de la humedad del aire.
Tal vez por eso a los sitios donde proliferaron como fungi les llamaron “poblaciones callampa”: esos proletarios, que subsisten fuera del mercado solvente, se nutren del medio ambiente. Además, en la jerga de la copia feliz del Edén, para significar su intrascendencia se dice que valen callampa. U hongo, si te pones exquisito.
A estas alturas debo hacerle una alforza a lo que te cuento, un breve paréntesis, paciencia:
Una de las cuestiones más complejas de la evolución social es la relativa al origen de la propiedad privada de la tierra (y de la propiedad en general). En el estado primitivo, agrícola y/o recolector del ser humano, el concepto de “propiedad” no existía. Al parecer no se les ocurría vender la geografía en la que vivían, ni imaginaban lo que hoy conocemos como mercado, y para peor tampoco había nadie que ofreciese comprar lo que stricto sensu no tenía dueño ni valor monetario, como serían de boludos que tampoco habían inventado el invento de los inventos: la moneda.
Según esta visión, la propiedad y el advenimiento del señor feudal y su cohorte de siervos y terratenientes es producto de una época posterior. Se admite que le impusieron su dominación a las comunidades libres por la fuerza de las armas, y redujeron al ser humano a una posición de esclavitud. Ahí estamos…
El status de los pobladores de cerro Centinela es compartido por la mayoría de la población, que no goza de servicios públicos dignos de ese nombre, pero que disfruta del admirable sustituto llamado Netflix (a título oneroso desde luego).
El protopaís produce esencialmente minerales. La población no consume minerales sino bajo la forma de productos manufacturados en China, Europa o EEUU. Con la agricultura pasa más o menos lo mismo: el protopaís exporta cerezas y vino. Destinados a consumidores que constituyen un mercado solvente lejos del origen de los productos.
Visto así, la Economía se resume a lo que se produce para mercados solventes nacionales o foráneos. El resto no cuenta o cuenta muy poco. Uno de los numerosos defectos de los artilugios estadísticos tiene que ver con la inclusión de los excluidos allí donde no tienen nada que hacer. El PIB per cápita, por ejemplo, es un constructo que divide el valor de la producción anual nacional por la totalidad de la población.
Por alguna razón que no me explico, integran a población como los sobrevivientes del cerro Centinela y sus similares. A millones de seres humanos que no forman parte del mercado solvente y por ende no debiesen ser considerados en la Economía.
El déficit habitacional hispano ronda las 1.400.000 viviendas, y la prensa madrileña publica fotos de cientos de miserables obligados a dormir en el aeropuerto de Barajas. Mientras tanto, el mercado solvente recibe cerca de 100 millones de turistas al año, en instalaciones hoteleras y viviendas extraídas del mercado del alquiler.
En Francia se cuentan 2.600.000 solicitudes de vivienda social (destinada a las familias modestas) no satisfechas en razón de un déficit de construcción generado por múltiples razones (en el año 2023 sólo 83 mil solicitantes obtuvieron una vivienda social…). Mientras tanto, como en España, 100 millones de turistas disponen de una generosa y variada oferta hotelera y de alquileres de corta duración. Cuatro millones de ciudadanos soportan malas condiciones de vivienda, mientras la cantidad de personas sin domicilio fijo más que dobló en 10 años y alcanza a 330 mil personas, de las cuales 120 mil mujeres. La cantidad de ofertas de alquiler cayó en París en un 74% en 3 años…
Lo que precede contribuye a mi demostración de la exclusión del mercado solvente de millones de ciudadanos en todo el mundo, y Chile no es una excepción: según datos CASEN 2022, habían 552.046 requerimientos de vivienda no satisfechos, a los que conviene agregar 1.263.576 viviendas en déficit cualitativo, es decir, susceptibles a ser mejoradas o ampliadas. Para decirlo en la jerga local: 1.263.576 callampas.
En todos los sitios quienes tienen agarrado el palito del emboque arguyen que hay que terminar con las prestaciones sociales, con el encomiable propósito de aumentar el lucro disponible. En París, el diario Le Figaro osó publicar esta semana una nota que afirma que la inmensa mayoría de los franceses estima que el modelo de protección social es “demasiado generoso”.
Olvidando que si en 10 años los salarios crecieron en un 20%, el monto distribuido como remuneración a los poseedores de acciones –los dividendos– ¡creció 14 veces más!
Por lo demás, el modelo de protección social francés nació de circunstancias históricas bien conocidas. Fue definido por el Consejo Nacional de la Resistencia, fundado por Jean Moulin, inmenso mártir de la Resistencia contra la Ocupación nazi, bajo la autoridad del general Charles de Gaulle. En 1945. El gran Charles que tenía las ideas claras y las jinetas donde se debe.
Mon Général declaró en una entrevista a la TV francesa en el año 1968:
“El capitalismo dice: ‘Gracias al lucro, que suscita la iniciativa, fabriquemos más y más riquezas que al repartirse por el libre mercado elevan, en suma, el nivel del cuerpo social entero.’ Sólo que la propiedad, la dirección y los beneficios de las empresas en el sistema capitalista le pertenecen sólo al capital. Y aquellos que no lo poseen se encuentran en una suerte de estado de alienación al interior mismo de la actividad a la que contribuyen. ¡No! El capitalismo, desde el punto de vista del Hombre no ofrece una solución satisfactoria. Hay una tercera solución, es la participación que, ella, cambia la condición del Hombre en medio de la civilización moderna. A partir del momento en que la gente se reune por una obra económica común, digamos para hacer funcionar una industria, aportando o bien los capitales necesarios, o bien la capacidad de dirección, de administración y/o técnica, o bien el trabajo, se trata de que todos juntos formen una sociedad… una sociedad donde todos tengan interés en su rendimiento y en su funcionamiento. Un interés directo. Eso implica que sea atribuida por la ley a cada cual una parte de lo que ese negocio gana.”
Charles de Gaulle indicó que la reinversión de ganancias exige que todos sean abiertamente informados de los resultados, y sean representados en las decisiones por quienes hayan elegido libremente.
Ese era el sueño de De Gaulle, que Le Figaro desea enterrar definitivamente habida cuenta que desde 1945 a la fecha la “participación” se ha ido reduciendo a ojos vista. Le Figaro puede, por consiguiente, celebrar cada año que se rompan records de distribucion de dividendos, mientras el trabajo –el salario– pierde poder adquisitivo.
De ese modo, una parte significativa, y en aumento, de la Humanidad, va quedando excluida del mercado solvente, a menudo después de sufrir durante años un acceso limitado a mercados de mierda, que suministran productos de mierda.
La exigencia de más y más lucro, al precio de suprimir el suministro de las necesidades básicas para los pringaos, es cada vez más arrogante.
Chile es puntero en esa dirección. Por eso la Educación pública, la Salud pública, el acceso a la vivienda, la (mala) calidad de la alimentación y otros servicios y productos son lo que son.
Para satisfacer al reducido grupo que concentra lo esencial de la riqueza basta con una Universidad privada, con una Clínica privada, un barrio pijo y la comida en plan fast-food que se enseñorea allí donde vive la gente linda.
Cuando niño, ya te lo he contado, pasé algunos veranos en Achao. Allí conocí esa expresión chilota que me inspira hoy, porque dice lo que dice muy claramente. Tiene forma de pregunta:
¿Pa’ onde va la lancha?
La respuesta vale el desvío:
Pa’ Quehui va…
P’allá vamos.
Mientras tanto recuerda: lo único importante en Economía, David Ricardo dixit, es la distribución del producto.
Todo, la Educación, la Sanidad pública, la construcción de infraestructuras, la vivienda, los transportes, los salarios, las pensiones, el deporte, la investigación y el desarrollo de nuevas fuerzas productivas, todo, proviene de la actividad del conjunto de la sociedad. Lo que sobra, lo que excede el gasto general que sustenta a la población entera es técnicamente el lucro, las ganancias, las utilidades, los beneficios.
El proyecto ultraliberal consiste en suprimir todo lo común para aumentar el lucro. Margaret Thatcher llegó a afirmar que “la sociedad no existe, sólo existe el individuo”. El individuo con capitales desde luego.
De ahí que, aunque digan que padezco de ecolalia, o de un Transtorno Obsesivo Compulsivo, que practico la epanadiplosis, el quiasmo o la tautología, seguire insistiendo en que lo único importante en Economía es la distribución del producto.
Lo demás vale callampa.
Y al crecimiento que enriquece sólo a unos pocos le pueden dar por el orto.
Nota:
En esta parida me refiero a Chile como el “protopaís”.
Proto, en arqueología, designa la etapa de una realización o de una secuencia cultural que no ha llegado a su conclusión… O sea que está en veremos. Ergo…