La gran estafa

Por Luis Casado

Conociéndote como te conozco, alma impía, de seguro te sabes de memoria la letra de la bella canción de Joan Manuel Serrat Mensajes de amor de curso legal:

Queriéndola de verdad
Como la quiero
Puse mi vida a sus pies
Y me rendí…
Pero no quiso mi vida
Sólo me pidió dinero,
Dinero,
Para irse más lejos de mí…

El drama que anuncian los primeros versos de Serrat es una alpargata vieja al lado del que ha vivido la Humanidad desde que hace unos 28 siglos se le ocurrió a Cresus (Κροῖσος en griego antiguo), rey de Lidia, acuñar lo que hoy llamamos moneda. Nadie dice que antes de Cresus ningún enterao en ningún recóndito lugar del planeta haya tenido la brillante idea de inventar la estafa, pero en el estado actual de nuestros conocimientos se le adjudica al rey lidio la paternidad del invento:

“Son el primer pueblo del que se tiene noticia de que acuñó oro y plata en monedas…” (Herodoto).

De ahí en adelante la confusión ha reinado, no porque sea imposible aclarar el dolo, el timo, el fraude, la trampa, el truco y la pillería, sino mayormente porque el dinero es un negocio muy apañado y rentable que en los tiempos de nuestra augusta modernidad no requiere ni siquiera tener imprenta.

John Kenneth Galbraith, que a pesar de ser economista era un hombre inteligente, escribió:

“Una discusión sobre dinero entraña una gruesa capa de encantamiento sagrado. Esto es, en parte, deliberado.” Pero, agrega: “Nada hay en el dinero que no pueda ser comprendido por una persona razonablemente curiosa, activa e inteligente.” (J.K. Galbraith. El dinero: de dónde viene – Adonde fue. 1975).

Serrat, en una bella y osada metonimia, transforma la pasta, el baro, la guita, el parné, la mosca, los piticlines, el bille, los patacones, los duros o las perras, según se prefiera, en inocente mensajero de amor:

Uno por uno,
Cada billete
Que ganaré,
Devotamente
Por las dos caras
Lo besaré
Y así cuando le lleguen
Noticias mías
Se juntarán mis besos de amor
Con sus besos de alegría…
Ay, dinero, dinero, dinero
Dinero vil metal…
Mensajes de amor de curso legal…

De paso, Serrat expone dos características históricas del dinero: el rol de los metales en la constitución de su supuesto valor, y el respaldo soberano que alguien o algo, persona o institución, le ofrece, sin el cual no serviría sino para limpiarse el orto.

No lo digo yo: ocurrió muy tempranamente cuando se verificó una de las más notables estafas de la historia económica: la creación de la Banque Royale (Banco Real) en Francia en 1716, por John Law, –aventurero escocés muy dado a los dados, a las cartas y a la mitomanía–, con el amable patrocinio de Philippe, duque de Orléans, regente del rey Louis XV.

Cuando se vino abajo el esquema que aun no podía llamarse de Ponzi, los billetes emitidos por el Banco Real inspiraron más de alguna canción parisina:

“Entre todas las naciones del mundo, la francesa es la más famosa por cantar cuando está triste… las calles resonaban de canciones… una… en particular, aconsejaba que los billetes (de Law)… se empleasen para el uso más innoble que se le puede dar al papel.” (Charles Mackay. Memoirs of Extraordinary Popular Delusions and the Madness of Crowds. 1841).

Lo cierto es que el desarrollo del intercambio de productos, –el trueque–, conveniencia práctica al principio, actividad comercial después, fue haciéndose cada vez más complicado. Cambiar bueyes por asnos conlleva la dificultad de desplazar los animales y determinar la tasa de cambio, –cuantos bueyes por un burro o viceversa–, sabiendo que en función de la estación del año, de la configuración topográfica del territorio, del propósito del intercambio, etc., la tasa de cambio fluctuaba exactamente como hoy en día la tasa de cambio del dólar.

Cualquier hijo de vecino advierte rápidamente que cambiar asnos por bueyes, o bueyes por asnos, es la función recurrente de la política de nuestros tiempos, pero debo precisar que lo nuestro, en esta parida, es la economía, o más bien el papel del dinero en la economía.

Para resolver la cuestión precedente y facilitar los intercambios, alguien tuvo la ocurrente idea de recurrir a un tercer producto, una suerte de unidad de medida común que sirviese para equiparar fácilmente los valores de lo que se deseaba intercambiar. Uno que fuese fácil de transportar, que no hubiese que alimentar, y que pudiese representar –simultáneamente– el valor equivalente de bueyes y asnos, o bien de una cucurbitácea cualquiera y de una Tillandsia usneoides como las que usan en México para decorar los pesebres navideños.

Para tus archivos, las cucurbitáceas son una familia de plantas típicamente trepadoras por zarcillos, en general herbáceas y geófitas, con el ovario ínfero y el fruto inmaduro de un pepónide, que al madurar se diversifica adaptándose a diferentes síndromes de dispersión. Justo para evitar confusiones te aclaro que un ovario ínfero es el que se desarrolla por debajo de los verticilos porque el tálamo floral ha crecido formando copa cerrada alrededor y está como encerrado por el receptáculo. La próxima vez que te deleites con un melón o una sandía, recuerda: son cucurbitáceas.

En cuanto a la Tillandsia usneoides, en México –país del cual es originaria – la llamaban cuampach en dialecto náhuatl, ucuhui´qui en lengua totonaca, guie-guie, guijxhicuij-lace, guixi-guiilace, guixi-niño, quia-quije, o quie-quije en lengua zapoteca, lo-pash-i en idioma chontal, me´ex-nuxib en lengua maya, patzueni tacari en idioma tarasca, tzonté en lengua tzotzil y cúthey en lengua huasteca. De nada, cuando se te ofrezca.

Aun cuando la complejidad de la tarea excitó convenientemente la fértil imaginación de los mercaderes –a lo largo de la historia se usaron como unidad de medida y medio de pago conchas de moluscos, sal, nácar, ámbar, cabezas de bueyes, etc.– hubo una progresiva convergencia hacia el uso de los metales, principalmente oro, plata y cobre.

Ya puestos, en vez de acarrear oro, plata o cobre en barras, –lo que entorpecía el transporte y la medida de valores diversos y variados–, el ingenio de Cresus generalizó el uso de metales bajo la forma de medallitas de diverso perímetro, aleación, volumen y peso, agregándole el indecible ludibrio de estampar su rostro hierático y trascendental en el anverso.

Así nacieron, simultánea y felizmente, la moneda y la propaganda de los poderosos, aunque la promoción comercial de reyes y príncipes no siempre acabó bien: cuando Louis XVI se fugó del Louvre el 21 de junio de 1791, un campesino lo reconoció porque había visto su imagen estampada en una moneda. Así lo arrestaron en Varennes y terminó en la guillotina…

No obstante, el uso de metales acarreaba una pequeña dificultad –un inconveniente mínimo, peccata minuta, una poquedad, un problema ancilario, un detalle menor, la nada misma–, que algunos descreídos señalaron como fuente potencial de algún chanchullo: los metales eran (son) mercancías y por consiguiente su precio oscila como el de cualquier producto (la mayor parte de los economistas desconoce la diferencia entre precio y valor, a menos de haber hecho un doctorado en cuáticas, pero más vale no meneallo: lo nuestro es examinar el dinero como unidad de medida).

Suelo repetir que los pobres economistas, conscientes de la fragilidad e inconsistencia de su edificio teórico, copian el lenguaje de las ciencias “duras” –Matemáticas, Física, Química– y su discurso está plagado de leyes, axiomas, teoremas y paradojas que –si no eres un asopado– te hacen reír a gritos.

Cuando servidor era un escuincle en la escuela pública, laica y gratuita de San Fernando, su sueño mayor fue siempre el de visitar algún día la Oficina Internacional de Pesos y Medidas, sita en París (en realidad en la comuna de Sèvres que alberga también la maravillosa Manufactura Nacional de porcelana), para ver, con sus ojos ver, el Metro Patrón, cuya génesis comenzó en agosto de 1870 con la llamada Comisión Internacional del Metro, y tuvo como antecedente el sistema métrico decimal adoptado el 4 de noviembre de 1800 en virtud del racionalismo de la Revolución Francesa.

Luego de algunas vicisitudes, el Metro Patrón –fabricado, decía mi profesor de Física con un tono que denotaba gravedad y admiración, con una aleación de platino e iridio que garantizaba una estabilidad inmejorable y una bajísima propensión a dilataciones y encogimientos, y con una sección en “X” para minimizar las deformaciones a la flexión–, fue reconocido como la unidad de medida por excelencia del Sistema Internacional.

La notable preocupación de unos y otros por la precisión hizo que, sucesivamente, el metro fuese definido con una objetividad que fuerza la admiración:

Primero, como la diez millonésima parte de la mitad de la longitud de un meridiano terrestre, luego como la longitud del Metro Patrón Internacional, más tarde como un múltiplo de una longitud de onda monocromática en un medio homogéneo o sea la distancia que separa dos máximos consecutivos de la amplitud y, finalmente, de 1983 en adelante, como la longitud del trayecto recorrido por la luz en el vacío durante un 299.792.458avo de segundo. ¡Alabao!

Los economistas viven lejos de estas pendejadas. Ellos escogieron como unidad de medida –para establecer objetivamente el valor de cada producto o mercancía, y calcular su equivalencia con la de otros productos y mercancías–, algo que se estira como el pinche elástico de un calzoncillo viejo, y encoge como el tocuyo nuevo. Dios les guarde.

El ya citado J.K. Galbraith, en su libro ya citado, pone en evidencia uno de los principales atractivos de la invención de la moneda:

La acuñación de monedas era sumamente práctica. Pero era también una invitación a grandes fraudes públicos y a pequeños fraudes privados. Los gobernantes pródigos o faltos de recursos –que en aquellos tiempos constituyeron una clara mayoría– comprendían a menudo que podían reducir la cantidad de metal en sus monedas o confeccionarlas de calidad inferior, con la esperanza de que nadie lo advertiría, al menos en breve plazo. Así, podía comprarse lo mismo con una cantidad menor de oro o de plata, o podía comprarse más con una cantidad igual. También ocurría que los empresarios privados, después de cerrar un trato, recortaban o limaban unos miligramos de metal de las monedas con que se había concertado el pago. Esto, con el tiempo, producía un agradable aumento marginal en los beneficios.

Dejo pues constancia para la posteridad, y edificación de las nuevas generaciones, que la pillería presidió el nacimiento de la moneda.

Jean Favier, eminente, erudito y brillante historiador de la época medieval, cuenta en su libro Del oro y las especies: nacimiento del hombre de negocios en la Edad Media, que las ciudades comerciantes que acogieron las más importantes ferias internacionales del siglo IX al siglo XV, emitían sus propias monedas. Entre ellas, Provins, ciudad que cae cerca de mi humilde morada, cuyo denier provinois llegó a ser aceptado en casi toda Europa como un improbable precursor del euro.

El contenido de plata en las aleaciones comenzaba siendo relativamente alto, y terminaba en indetectables vestigios. De modo que en la Grange aux Dîmes, edificio en el que se realizaban las transacciones (aun existe convertido en museo), había un cambista –representante de la autoridad de Henri, conde de Champagne, señor feudal de esos lugares– provisto de un trébuchet, balanza de precisión que le permitía calcular la proporción real de oro o plata que había en las monedas utilizadas para los pagos.

El cambista, que dependía directamente de los religiosos de Saint-Ayoul de Provins, concesionarios de Henri de Champagne (la Iglesia nunca anda lejos de los negocios), era un embrión de banquero.

Como quiera que sea, el incesante desarrollo del comercio exigió cantidades cada vez más grandes de metal para efectuar y recibir pagos. Habida cuenta de las limitaciones impuestas por la escasez de ‘moneda metálica’, comenzó a germinar en la mente de los agentes del progreso la idea de eximirse de tal camisa de fuerza.

Ya en la Edad Media surgió la ‘comunidad financiera’, cuyos invaluables servicios contribuyeron al auge del comercio cosa mala. Así, en vez de atravesar media Europa cargado de oro o de plata, un comerciante florentino depositaba ese dinero en el Banco de los Médicis, y recibía a cambio un vale vista nominativo, un trozo de papel, un billete, portador de la inscripción “Páguese a la orden del Signore… la suma de …”

De ese modo, si el comerciante era asaltado en los meandros de los inseguros caminos medievales, si lo raptaban, si era sometido a torturas, si le mataban, o peor aun, si le robaban el papelito, nadie podía cobrar en su nombre. Lo esencial estaba a salvo.

Ya prevés hacia dónde fueron las cosas. Si en vez de moneda contante y sonante podías pagar con un pinche trozo de papel, las puertas que conducen al uso de la moneda fiduciaria quedaban ampliamente abiertas. El respaldo que representaba el metal –como garante del valor– salía sobrando. De ahí en adelante –no sin antes perderse en los escondidos jardines de los senderos que se bifurcan– se pudo emitir billetes sin necesidad de depósito previo de su equivalente en metal.

Bastaba con el respaldo de una buena –o mala– reputación. Caterina la Grande de Rusia (siglo XVIII), que no era rusa sino polaca de ascendencia prusiana, pudo gastar lo que le salió de las narices con cargo a lo que los yanquis llaman su good name.

Los bancos, cuyo nacimiento no estuvo exento de corruptela, fueron frecuentemente la obra de amigos de la timba, los garitos, los burdeles y la brisca rematada: John Law, escocés fundador de la Banque Royale en Francia, y su compatriota William Paterson, fundador del Banco de Inglaterra apuntalado por William de Orange, “tenían los mismos instintos, posiblemente étnicos, para las maniobras financieras”, escribe Galbraith, y fueron responsables de inconmensurables estafas al lado de las cuales “La Coneja” y “La Familia” no fueron sino una diversión de aficionados.

Lo cierto es que, para hacer el paripé, durante algún tiempo los bancos tuvieron que respaldar sus créditos –o sea sus emisiones de dinero– con depósitos en oro. Fort Knox… ¿conoces? Hasta que John Maynard Keynes (1882-1946) echó abajo de un golpe los siete velos de la impudicia, declarando alto y fuerte que el padrón oro, o respaldo en oro, no era sino una reliquia del pasado.

Unos años más tarde, en 1971 para ser preciso, Paul Volcker, Secretario del Tesoro de un cierto Richard Nixon, recibió la instrucción de preparar un discurso anunciando que los EEUU renunciaban definitivamente a la convertibilidad del dólar en oro –dejando las reservas en dólares de otros países al pairo– y que de ahí en adelante las emisiones de dólares se harían así, como yo digo, y según me salga de los cojones.

Volcker lo contó muerto de la risa, con su roja nariz de amante del Brandy, en un luminoso reportaje de TV:

“Esa noche no pude dormir. Para mí equivalía a reconocer la peor derrota de la Historia de los EEUU. Al día siguiente, al leer mi dolida nota en la Casa Blanca, me sacaron de mi error. ¡No! Se trata de una victoria. Modifica tu texto, y cuenta lo que quieras, pero celebra un triunfo legendario para la economía mundial.”

John Adams, padre fundador, primer vicepresidente, y segundo presidente de los EEUU, quien sostenía que cada billete de Banco emitido en exceso de la cantidad de oro y plata que se guardaba en las cámaras acorazadas “no representa nada, y es por consiguiente una estafa que se le hace a alguien”, debe estar como pirinola en su tumba.

John Kenneth Galbraith pudo escribir: “El proceso de creación de dinero por los Bancos es tan simple que repugna a la mente.”

De ahí en adelante los EEUU cesaron de comunicar las estadísticas relativas a su propia emisión monetaria. Un dólar –simple papel pintado de verde– vale lo que vale por la sencilla razón de que cada cual acepta pagar lo que dicen que vale. Un humorista llamado Milton Friedman, fundador de la Escuela de Chicago en economía, llegó a decir que los EEUU no le deben nada a nadie visto que su deuda está expresada en dólares… “Y los dólares los fabricamos nosotros”, dijo, y se rió.

En virtud de lo cual, cada vez que se presenta un pánico, crisis, recesión, depresión, Donald Trump u otra calamidad, los EEUU emiten dólares que es un gusto. Con el pretexto de la pandemia, el gobierno federal emitió o emitirá hasta un 50% del PIB yanqui en dólares salidos de la nada. Si además supieras que los poseedores de dinero disponen de un crédito de cara a la economía local y mundial (si tienes dinero quiere decir que la economía te debe el equivalente en productos a tu elección), es el planeta entero el que produce lo que compran esos dólares de Monopoly.

Las célebres estafas de John Law, de William Paterson, de Nicholas Biddle y de Bernard Cornfeld, para citar solo a unos pocos, son risibles en su pijotera dimensión al lado de la que perpetraron Paul Volcker y Richard Nixon.

El dólar, –unidad de medida del valor, única moneda de reserva y de pagos internacionales por obra y gracia de los acuerdos de Bretton Woods del año 1944, intermediario universal de transacciones comerciales y financieras en el ámbito planetario–, vale hongo, seta o callampa según prefieras.

John Kenneth Galbraith termina el primer capítulo de su sabroso libro con la siguiente frase:

La historia del dinero viene a parar al dólar y, de momento, termina en el dólar.

O sea en una gran estafa. Prevenido quedas.

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