La deuda

Por Luis Casado

Si en nuestra inenarrable ingenuidad pensamos que lo peor que podía caernos sobre la cafetera es el pinche coronavirus, habrá que despercudirse el candor y la inocencia que maculan nuestra epidermis cual un lentigo senil.
Dios es cruel, rencoroso, vindicativo, malas pulgas e inclinado a la venganza. Para convencerse basta con darle una mirada al exterminio de los cananeos. Lanza pestes y diluvios, no conoce las penas remitidas, ni la prisión domiciliaria, ni los cursos de ética, ni la condena a años de libertad, ni siquiera el presidio perpetuo calificado que permite salir al cabo de 40 años y un día. Por quítame allá esas pajas lo Suyo es la Eternidad en alguno de los Nueve Círculos del Infierno, lo que, bien mirado, cae lejos de la indulgencia.
Aún así, cuesta creer que haya inventado la deuda, lo que exige una fuerte dosis de mala leche. A priori destinada a los forasteros según uno, triste pecador contumaz y relapso, lee en la Biblia.
“No exigirás de tu hermano ningún interés ni por el dinero ni por los víveres, ni por nada de lo que se presta con intereses. Podrás obtener un interés del extranjero, pero no de tu hermano, para que el Eterno, tu Dios, te bendiga en todo lo que emprendas en el país del que entrarás en posesión.” (Deuteronomio 23:19-20).
Esto explica la presencia en Chile de Santander, BBVA, Scotia Bank, HSBC y otros prestamistas foráneos: lo hacen para que los agiotistas chilenos puedan irse al Paraíso (fiscal) sin incurrir en pecado. Lo suyo es un apostolado.
Mas no toda la banca es benefactora de la Humanidad, bondad en barras o la versión mejorada de Don Chuma, como el Banco Chile, cuyos “valores éticos fundamentales son la integridad, el compromiso, el respeto, la lealtad, la prudencia, la responsabilidad y la justicia”. También hay bancos usureros, defraudadores, traficantes y especuladores, pero no en el campo de flores bordado: se sabría.
La locución latina Debitum señala la obligación de pagar o devolver algo. Compuesta del prefijo “de” (privación) y del verbo “haber” (tener, poseer), Debitum indica que estás privado de posesión, lo que no tienes.
El diccionario de la RAE reconoce el término Débito como sinónimo de deuda: una obligación que se debe satisfacer o pagar. Ahora bien, en el ámbito de la contabilidad (dato primario de la economía) el Débito es una anotación registrada en el Debe y representa algo que ya es propiedad de la empresa o la persona. Maravillas de la contabilidad en partida doble dizque inventada por Luca Pacioli en el año de gracia de 1494, aunque el fraile franciscano no hizo sino sistematizar antiguas prácticas de los mercaderes venecianos y florentinos.
Lo cierto es que para nueve décimas partes de la Humanidad la deuda es una condena. La llegada del coronavirus y la consiguiente pandemia no generó el fenómeno: no hizo sino agravarlo y acelerarlo cosa mala. De ahí que convenga estar al loro para que el castigo divino no nos pille desprevenidos.
Raras veces te explican que la estabilidad de una economía depende, entre otras cosas, del volumen de la deuda agregada. Esta noción es la adición de la deuda pública –o deuda soberana– y la deuda privada, compuesta de la deuda de los hogares y de la deuda corporativa.
La deuda pública es una obligación que se paga con los excedentes primarios de los Presupuestos del Estado. Esos excedentes –si los hay– son la diferencia entre los gastos corrientes del Estado y su recaudación de impuestos. De ahí que convenga saber quién paga impuestos y cuanto. En nuestro caso, como tuve la ocasión de demostrarlo en la edición especial de la Revista POLITIKA del 15 de marzo del 2013 (https://issuu.com/politika/docs/politika_15_de_marzo_2013_b), los hogares contribuimos al menos el 85% de los Presupuestos del Estado. Los beneficios del capital aportan apenas un 15% de dichos Presupuestos.
De modo que, al estimar la verdadera deuda de los hogares, conviene sumar la deuda de los hogares stricto sensu y la deuda soberana, visto que la pagamos nosotros.
Según informes del Banco Central, la deuda de los hogares chilenos alcanzaba al 74,9% de sus ingresos en 2019 (55% del PIB) y, habida cuenta de la crisis generada por la pandemia, subirá significativamente en el curso de este año. Por su parte, “según cálculos de la Dirección de Presupuestos, la deuda pública bruta subirá de 32% del PIB en 2019 a 34,8% este año y a casi 40% en 2021. No se detendría ahí, sino que seguiría creciendo en forma sostenida al menos hasta 2024.”
O sea que en el año 2019 la deuda agregada de los hogares chilenos bordeaba el 90% del PIB, y la progresión está lejos de detenerse. Conviene no perder de vista que en la práctica esto significa que vivimos hoy con el salario de dentro de un año, si de aquí a esa fecha aun tenemos curro.
Mientras tanto, aun cuando los beneficios empresariales casi no pagan impuestos, el sector privado está híper endeudado. Si retenemos los datos suministrados por un lince llamado Álvaro Díaz, la deuda privada a marzo del 2020 representaba un 311% del PIB (El Mostrador, 28/07/2020). Si restas el 55% de la deuda de los hogares, resulta que la deuda corporativa asciende a un 256% del PIB, lo que representa nada menos que US$ 770 mil millones. Uno se pregunta de dónde salen, y sobre todo hacia dónde se van los capitales. ¿Porqué?
Porque las empresas y los bancos privados son ontológicamente frágiles: quiebran, se desagregan, desaparecen, fusionan, evaden, manipulan, se desvanecen… dejando atrás sino todo al menos gran parte de sus deudas.
En los EEUU el caso ENRON, o el de General Motors, rescatado con dinero público, son dos ejemplos, para no hablar de Lehman Brothers. En Chile conocimos el caso Johnson. Por otra parte, un reciente titular de la prensa santiaguina no hace sino confirmar lo que digo:
“SII condonó US$ 774 millones en multas e intereses a grandes empresas durante la última década” (La Tercera, 20/11/2020). ¡Alabao!
De modo que si al tan cacareado “modelo chileno” le llega su hora, no son los empresarios los que pagarán sino, como siempre, nosotros los pringaos. El PIB chilensis está en torno a los US$ 300 mil millones, de modo que la deuda de los hogares (deuda pública incluida) es del orden de los US$ 270 mil millones, a lo que, eventualmente, habría que sumarle la deuda que deje como herencia un sector privado en quiebra (¿te acuerdas del año 1982 y la quiebra del sistema bancario chileno?).
Como quiera que sea, la deuda agregada del campo de flores bordado supera alegremente el billón de dólares. Si aprecias los calculitos per capita, eso quiere decir más de 61 mil dólares por nuca, intereses excluidos. Aunque te parezca curioso, la nada misma. Peccata minuta si comparas con las deudas del Imperio, la Unión Europea o Japón.
Una publicación europea precisa: “El reloj de la deuda vuelve a 1946 – La relación entre pasivos públicos y PIB superará el año que viene su máximo tras la Segunda Guerra Mundial. Los dogmas han desaparecido, pero enderezar las finanzas públicas será un reto mayúsculo.” (Ignacio Fariza. Economía El País. 16/11/2020).
Este patriota apoya sus decires en datos del FMI: “La deuda de las economías avanzadas regresará en 2021 a niveles inéditos en toda la serie histórica, según los últimos datos del Fondo Monetario Internacional, superando por poco el pico de 1946, poco después de la capitulación alemana.”
En el Imperio, los “Duros de matar” de la economía de mercado estiman que:
“Los EEUU están atrapados en una ‘trampa de la deuda’, término acuñado por el Banco de Pagos Internacionales: una situación en la que un exceso de deuda debilita el crecimiento, propicia políticas que crean más deuda y por ende peores condiciones para los negocios” (Van Hoisington and Lacy Hunt – 2nd quarterly review 2020).
Yo no sería coherente si no recordase que los genios del FMI opinaban lo mismo, hasta el día en que un joven estudiante les demostró que sus cálculos estaban totalmente errados (2010) y, en vez de un crecimiento negativo de 0,1% la deuda generaba un crecimiento positivo de 2,2% (véase Malos tiempos para los dogmas, POLITIKA, 15/11/2020).
Pero Van Hoisington y Lacy Hunt se escuchan solo a sí mismos, de modo que afirman obcecadamente:
“los programas fiscales financiados por la deuda estimulan la economía solo a corto plazo, pero finalmente reducen el crecimiento”. Mirsh…
Admitamos como hipótesis, no obstante, que llevan razón. Viendo lo que vemos, los EEUU pronto cesarán no digo de crecer, sino simplemente de existir. Veamos:
“Cuando Trump asumió la presidencia, el déficit presupuestario era inferior a un 5% del PNB. El déficit para el año fiscal 2020 será de un 16%, o sea 3,1 billones de dólares. La Oficina de Presupuestos del Congreso (CBO) estima 1,8 billones para 2021 (a lo que hay que sumar la deuda fuera del presupuesto que nunca mencionan) pero eso no incluye el paquete de estímulo de US$ 2 billones que está por ser aprobado. Eso elevará el déficit más arriba que el de 2020, quien quiera que gane la elección presidencial.”
Hasta ahí el tema del déficit. Como consecuencia, la deuda pública Federal de los EEUU crece que es un gusto:
“Desde 2008, la deuda pública creció en casi 200%, alcanzando US$ 27 billones a octubre de este año 2020” (Marcus Lu. VisualCapitalist. 30/10/2020).
Eso representa 135% del PNB de los EEUU. Por su parte, la deuda de los hogares estadounidenses asciende a un 84,60% del PNB, mientras la deuda corporativa –unos US$ 10 billones– agrega un 50% del PNB.
Tutto sommato, la deuda agregada de los EEUU asciende a un 270% del PNB, o sea la modesta cifra de US$ 54 billones. John Mauldin, al borde de las lágrimas, comenta: “Triste decirlo, el gasto público continua creciendo, poco importa qué partido esté en el poder. Dicho lo cual, esto puede ir mucho más lejos de lo que la gente puede pensar.”
Las cifras, imponentes como son, no reflejan toda la deuda: quedan afuera las deudas de los Estados de la Unión, las deudas de los municipios, las deudas garantizadas por el Estado Federal como los créditos a los estudiantes universitarios, la garantía a los fondos de pensiones (Pension Benefit Guaranty Corporation), etc., etc.
Por su parte, Japón no lo hace mal: la deuda soberana gira en torno a un 260% de su PNB. La Unión Europea sigue con un 86% del suyo (con países como Francia, Italia y España cuya deuda supera su respectivo PNB).
Incluso Alemania, país cuya Constitución prohíbe los déficits, se endeuda: “El virus hace volar la deuda alemana – Alemania finalmente se endeudará en 180 mil millones de euros en el 2021, según el presupuesto anual aprobado en la comisión de Finanzas del Bundestag hoy viernes (27/11/2020)”.
En cuanto a la deuda de los hogares, en España es del 99% del PNB, en Italia del 81% del PNB, en Francia de un 63% del PNB, en el Reino Unido de un 84,5% del PNB. Todos ellos muy lejos de los países que encabezan el endeudamiento hogareño: Canadá con un 106% del PNB, Dinamarca con un 111% del PNB, Australia con un 119% del PNB y, primerísimo de todos, Suiza, país en el que la deuda de los hogares representa un 134% del PNB.
John Mauldin afirma, con relación a los EEUU: “El problema es que ya pasamos el punto de no retorno.” Lo mismo estiman algunos responsables políticos, eminentes economistas neoliberales e importantes empresarios europeos: “Ya no hay vuelta atrás”.
Esto tiene su importancia a la hora de saber quién y cómo pagará la deuda acumulada.
Si tomamos el caso de la deuda agregada constatada en Chile, –sin perder de vista que la recaudación fiscal se reduce cosa mala–, ella debería pagarse con a) el excedente primario del Estado, b) el ingreso disponible de los hogares y c) los beneficios netos de impuestos realizados por el sector privado.
En el caso del Estado, sus presupuestos arrojan un déficit, no un excedente. Las grandes potencias, incluyendo -como queda dicho- aquellas renuentes a endeudarse, constatan un aumento significativo de su deuda soberana, y una seria reducción de sus ingresos fiscales. Chile no es una excepción.
Los hogares, por su parte, viven sumando deuda a la deuda, porque sus ingresos no cubren sus gastos corrientes. ¿Qué perspectivas hay de que la parte de los salarios chilenos crezca en la distribución del PIB?
Queda el sector empresarial, que poco o nada aporta en impuestos. Si su return on investment (ROI) promedio fuese el doble del constatado en el ámbito planetario, o sea un 10%, podría dedicarle la mitad a rembolsar su gigantesca deuda.
Los beneficios empresariales pueden expresarse como una parte del PIB. Tomando (lo que es grandemente excesivo) un 10% del PIB como beneficio neto, el sector privado podría dedicarle US$ 15 mil millones al servicio de su deuda, asumiendo que distribuye otros US$ 15 mil millones en dividendos (a las AFP, si nos ponemos a soñar). El pago de la deuda corporativa –sin contar los intereses– llevaría más de medio siglo. Ceteris paribus, como no dejaría de precisar algún economista asopado.
Para pagar su deuda, el Estado debería aumentar los impuestos, lo que –ya lo sabes– es disuasivo para la inversión. O bien cobrarle más IVA a los hogares… lo que haría bajar el poder adquisitivo y por ende el consumo. La cuadratura del círculo.
Dicho de otro modo, la deuda agregada es impagable. No lo digo yo, lo dicen eminentes analistas en los EEUU, en Europa y en el mundo entero. Curiosamente, de diferentes horizontes ideológicos. Si hay solo una cosa en la que están de acuerdo es esta: la deuda es impagable.
Puedes hacer el cálculo para Francia, para los EEUU, para Italia o España, el resultado es el mismo. De ahí que hace ya más de un año John Mauldin haya preconizado lo que llamó el “Great Reset”, dicho en cristiano: “Borrón y Cuenta Nueva”. ¡Azúcar!
Lee alma penitente lo que cuenta a propósito de los EEUU John Mauldin, mi pinche gurú financiero preferido:
“No podemos parar de endeudarnos. Eso echaría abajo el sistema en un verdadero crash más-grande-que-la-Gran-Depresión. ¿Qué habría que suprimir? ¿La Seguridad Social? ¿La Salud Pública? ¿Las pensiones militares? ¿La Educación? ¿Los intereses de la deuda? ¿El ministerio de RREE? El único modo de mantener el nivel del gasto consiste en agregarle deuda a la deuda, lo que nos empuja aun más hacia la trampa de la deuda.”
“Sigo pensando que el Great Reset está por venir. Primero pensé que iríamos hasta fines de los años 2020 antes de estrellarnos contra el muro de la deuda. Ahora no estoy tan seguro. Esta pandemia y esta recesión pueden llevarnos al muro aun más rápido porque hacen crecer la deuda aun más rápido”.
“Para lograr una salida mejor, el mundo debe actuar unido y rápido para reformar todos los aspectos de nuestras sociedades y economías, desde la Educación al Contrato Social y las condiciones de trabajo. Cada país, de los EEUU a China, debe participar, y cada industria, del petróleo a la tecnología, deben ser transformados. En pocas palabras, necesitamos un Great Reset del capitalismo.” (John Mauldin, 21 nov 2020)
¡Alabao! ¡Un capitalista que confiesa que el capitalismo se fue al carajo! Y llama a todo dios, comenzando por el Partido Comunista chino, a refundarlo.
Durante la campaña presidencial francesa del 2017, Jean-Luc Mélenchon adelantó un par de cosas que se veían venir como un directo a la mandíbula: primero, alertó que los recortes de presupuestos de la Salud Pública solo preparaban una gigantesca pandemia que nos pillaría con los chiteco abajo. Ya estamos.
La segunda: declaró que la deuda soberana era impagable, y que convenía anularla pura y simplemente. El escándalo fue mayúsculo: el FMI y el BCE tuvieron náuseas. Hasta que notorios economistas neoliberales afirmaron que la idea era muy justa, agregando que de otro modo iríamos a un desastre de proporciones.
De ahí en adelante la lista de quienes proponen anular la deuda soberana se alarga como las sombras al atardecer. Y tiene la ventaja de que es tan fácil de realizar como una escritura contable en los libros del Banco Central Europeo (BCE). El BCE compra toda la deuda soberana de todos los países de la UE (ya ha comprado una buena parte), y luego la pone en una cuenta de deuda pagadera a un siglo, o dos, o tres, en fin, eterna. Y nos olvidamos de ella. Admitamos.
Lo cierto es que hasta el World Economic Forum de Davos inventó su propia versión del “Borrón y Cuenta Nueva” que bautizó “Great Reset Iniciative”. No obstante, con un sentido común del que carecen los politicastros chilenos, John Mauldin gritó “foul”. Johnny piensa, con razón, que no se le puede confiar a los responsables de este desastre la tarea de arreglar el pastel. Johnny no se fía de “gente que ya está, nominalmente, dirigiendo la economía global”, y agrega:
“Afortunadamente, no creo que el WEF vaya muy lejos. Muy probablemente, este es otro ejemplo de elites poderosas y ricas intentando salvar sus conciencias con falsos esfuerzos para ayudar a las masas, y en el proceso hacerse aun más ricas y más poderosas”.
Te recuerdo que John Mauldin nunca fue bolchevique, ni anarquista, ni un arcaico defensor del pobrerío: lo suyo es venderle sabios consejos a quienes tienen plata que invertir. Lo que no hace necesariamente de él un imbécil integral como los que nos gobiernan en el campo de flores bordado.
Hasta ahí el cuento de hadas. Los bancos centrales aspiran la deuda soberana global, y en una maniobra vieja como la comunidad financiera crean una suerte de “Bad bank” en el que apozan la mala deuda que los gobiernos nunca pagarán. Así, liberados de la deuda soberana, los Estados pueden recurrir al endeudamiento para hacerle frente al gasto público. Dicho de otro modo volvemos a fojas cero, y recomienza el via crucis de la deuda soberana.
Para no mencionar las billonarias emisiones de moneda sin respaldo, que siguen en manos de la “comunidad financiera” y sirven más para la especulación bursátil que para la inversión productiva. Y para endeudar a los Estados, permitiéndole a la banca privada cortar un alita a partir de dinero creado ex nihilo por bancos centrales que gozan solo de la legitimidad y la credibilidad que les ofrecen los mismos Estados que se endeudan. Si no entendiste, mira un perro que intenta pillarse la cola. Es lo mismo.
A estas alturas, debes estar preguntándote ¿Y la deuda privada, suma de la deuda corporativa y de la deuda de los hogares? Buena pregunta. Sobre todo porque en el caso de Chile es la que realmente importa: como ya se dijo, un 311% del PIB, o sea la friolera de US$ 933 mil millones. Deuda impagable, como quedó demostrado más arriba.
Aquí es donde los “expertos” se ponen a toser, visto que sus porcentajes y calculitos varios no cuadran. Si la deuda corporativa es impagable, el riesgo es que recaiga en las espaldas de los hogares, cuya propia deuda ya era impagable antes de proceder al retiro de parte de sus ahorros previsionales.
Lo que fatalmente terminará por plantear la cuestión de la propiedad de los activos financiados mediante la deuda corporativa impagable. Buena parte de esa deuda corresponde a los fondos de pensión acumulados por los asalariados y puestos a disposición de los empresarios en condiciones extremadamente favorables por las AFP.
Cuando el sistema financiero planetario quebró en el año 2008, ningún Estado se atrevió a nacionalizar la banca reflotada con dinero público. Como ocurrió con la banca chilena en 1982. Para el sector privado van la mantequilla, la plata de la mantequilla, y las nalgas de la cremera.
Para los hogares, por el contrario, el futuro se anuncia churchilliano: sangre sudor y lágrimas.
De ahí que John Mauldin –un especulador financiero de gran corazón– cite a Peter Turchin, etólogo estadounidense que llega a algunas conclusiones coherentes con las que él mismo Mauldin prevé:
“Estamos ahora en lo que Turchin llama la fase final, cuando las elites intentan pacificar a las masas con pan y circo. Hacerlo acumula deuda y suprime el crecimiento económico. La deuda se acumula más rápido de lo que yo mismo esperaba, de modo que el gran Borrón y Cuenta Nueva puede ocurrir mucho antes de lo que imaginé.”
Sin un cambio radical en lo que el propio Mauldin llama “reformar todos los aspectos de nuestras sociedades y economías, desde la Educación al Contrato Social y las condiciones de trabajo”, el “Great Reset”, –el “Borrón y Cuenta Nueva”–, solo serviría para fortalecer aun más a los poderosos y acrecentar la miseria de los débiles.
Ahí estamos.

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