En manos de un desquiciado
Juan Pablo Cárdenas S. | Jueves 3 de abril 2025.
Todos los días Donald Trump despierta con alguna nueva idea para escandalizar a la humanidad. Con sus advertencias deja de manifiesto que no está en sus cabales y que para los estadounidenses y el mundo se constituye actualmente en su mayor peligro y hasta de todo nuestro sistema planetario incluso, si llegara a materializarse su promesa de plantar su estrellada bandera en el planeta Marte, antes de que concluya su gobierno.
El carácter imperial de Estados Unidos queda evidente con su intención de anexarse Groenlandia, apropiarse del Canal De Panamá y cambiarle de nombre al Golfo de México, entre otros múltiples despropósitos. Su delirio se explica en la pérdida de gravitación mundial de su país, al ser sobrepasado por China en todos los aspectos, observar el poder que recupera Rusia y comprobar que los aliados que le van quedando son sujetos tan perversos como Benjamín Netanyahu y ese puñado de gobernantes adictos y criminales en Asia y África.
Además de autoritario, Trump es un racista y homofóbico que reniega de la enorme contribución que les han hecho los emigrantes al desarrollo y riqueza de la que todavía puede jactarse la potencia imperial. Su principal asesor es un multimillonario inescrupuloso, que repartió millones de dólares para sumarle votos y que ahora está instalado en la Casa Blanca por encima de todos los ministros y funcionarios públicos de Estados Unidos. Por supuesto como retribución por el cohecho que practicó en beneficio de un candidato imputado por sus severos crímenes, abusador sexual, evasor de impuestos y sedicioso.
La población estadounidense es lenta de reacción. Así lo demostró durante la guerra de Vietnam y los horrores que su país promovió en apoyo a las dictaduras latinoamericanas, tal como ahora frente al horrendo genocidio israelí en la Franja de Gaza. Donde las mujeres y niños asesinados suman por miles, además de toda la destrucción material.
Como las cárceles de su país están abarrotadas de presos negros y pobres, ha decidido recuperar su campo de prisión, tortura y exterminio de Guantánamo, en tierra cubana ocupada. Al mismo tiempo que le confía a Nayib Bukele, en el Salvador, convertirse en su carcelero y esbirro.
Promueve, también, una guerra comercial que va a ocasionar inflación y enorme cesantía pero que va a tener la suerte de enseñarle a los pueblos que el neoliberalismo, la libertad económica y la competencia son solo hipócritas quimeras que le han acarreado a Estados Unidos y al mundo más pobreza, desigualdad y aumento del crimen organizado. Que la solución no es otra que la colaboración entre las naciones hermanas, el comercio justo y el respeto por el medio ambiente. Dado qie el consumismo de las grandes potencias amenaza a la vida y la subsistencia de todos los seres vivientes.
Como si los estragos causados por las guerras no bastaran, Trump promete incrementar su potencial bélico, obligando a su servil Europa a caer en lo mismo. Y, por supuesto, las naciones pobres se obligarán también a distraer sus limitados recursos en alimentar el negocio mundial de la compraventa de armas, sin el cual la economía estadounidense podría verse terriblemente afectada. Solo le queda a Trump alimentar nuevos conflictos entre las naciones y justificar la ocupación de países donde abundan el petróleo y, ahora, los metales raros.
Desde todos los puntos de la Tierra cunde la alarma sobre por propósitos de este demente instalado en la Casa Blanca. No es posible esperar por cuatro años para que alguien lo reemplace, ni menos cuando ya ha expresado su intención de prolongarse en el poder, al igual que otros presidentes y dictadores del mundo y de nuestra propia América Latina.
El mundo ha avanzado en suprimir la pena de muerte como imperativo moral y práctico, pero no se puede dejar de pensar en la legitimidad que algunos teólogos, incluso, le confirieron al magnicidio para escapar de la amenaza que representan ciertos gobernantes, donde los tribunales no existen o están sometidos y corruptos. Lo que parece ocurrir en Estados Unidos con su abyecta Corte Suprema.
Los más optimistas nos advierten que el verdadero poder en este país no radica en sus gobernantes, sino en los que están detrás de ellos, en los que manejan los grandes intereses económicos. Quizás desde allí le llegó la bala que apenas le rosara la oreja…
Es cosa de recordar las muertes de Lincoln y Kennedy para abrigar, en este caso, un desenlace que salve al mundo y evite el mal mayor.
juanpablo.cardenas.s@gmail.com